Tener cuarenta años el día que suban de
nuevo una aspirina tan grande al cielo. Hoy estaban los mares revueltos y
caprichosos, jugando a pillar en la Caleta. Preguntarse si los lobos aullarán
aún más alto.
Algún enamorado está bajando la luna a
los pies de su princesa, asomada en la ventana con este espejo alumbrada. Y que
le cante la tuna y las rancheras esta noche, que la oiga bailando los
cascabeles de Mecano, cantándole a la luna llena.
Escóndete tras ella, hoy que es imperiosa,
no te encontraré ni hoy ni nunca, preso del eclipse y de las sondas espaciales.
Que me dejas trastornada, con sed de
letras incapaces de salir, mientras que frustrada, compro zapatos, en un
intento absurdo de mantenerme ocupada, ahora que no puedo evadirme conduciendo.
Ya llegó la primavera, ya llegó. Otra más y una menos, hasta que cumpla 40 y
vuelvas a acercarte. No sé cómo seré ni desde donde te veré, pero alli te
esperará mi yo del futuro y te contará qué pasó, cómo y si logra adivinar, por qué.
Fin que pongo lamentando mientras tú y
yo nos miramos cara a cara. Ojos, nariz y boca. Sonrisa blanca en la sombra de
las nanas que cantan las madres a sus hijos alunados.
Un problema es tal porque tiene solución. Saber cual es un misterio. La respuesta puede ser No, puede ser Sí... ¿Es la correcta? Mi madre usa un método infalible en tales situaciones. Coge una nuez, con sumo cuidado la abre. Ahora tiene dos mitades. En la fuente donde sirve la ensalada vuelca una jarra de agua. Dos papeles. Dos opciones escritas. La mitad de la nuez me la como yo, y hago sitio en la cáscara a la solución primera. Ella hace lo mismo con su parte. ¿Preparados? Comienza la carrera. Gana la respuesta que llegue antes al otro borde de la ensaladera.
Partí una nuez y subí a ella con un gorro marinero y una camisa de rayas. Jamás descuido la estética.
El sol doraba mi piel, pero seguía con la cara blanca, -color aceituna, que diría mi madre- y navegué. Yo misma con mi cáscara de nuez me propuse surcar las aguas en busca de Dios sabe qué.
El viento me revolvía los cabellos, y unas sábanas de lino blancas me sirvieron de vela.
Todo era calma, todo era armonía. No me preocupaba nada que no se viera desde el catalejo pirata. Cantaba canciones al ron y a las mujeres bellas, cosa que queda muy bien en las películas si salen de labios de un barbudo hombre que fuma en pipa. Pero yo era una señorita.
Pasaron los días y las noches. Los días cálidos, las noches frías. ¿A dónde iba? No importaba, tarde o temprano me encontraría. Era capitana de mi cáscara de nuez.
Hubo entonces un resorte entre las olas y emergió, poco a poco en el azul horizonte una isla.
Tú aún no lo sabes, pero estabas allí.
¿Qué pasa? ¿No se ha dado cuenta? Soy pirata callejera y no miras mi barca de madera.
Estás en tu isla con tu cubo de arena. Pareces tan ocupado que no voy a gritar e interrumpirte. Se te ve tan concentrado, tan alto y uniformado.
Voy a echar el ancla -es un tenedor atado a una corbata- y voy a sacar las piernas fuera de mi nuez-barquera. Este es el plan:
No hay plan, no hay reglas.
De tu boca a mi boca van decenas de palabras enlazadas con nudos marineros. Gobiernas la república de tu isla independiente tras esa coraza de conchas color de arena. Y yo ya estoy descalza, dispuesta a caminar por esta elástica orilla, ahora tuya, ahora mía. La pregunta es:
Vuelan los estorninos meciéndose suspendidos en el aire.
Buscan refugio. Chillan en bandada. Una golondrina no hace verano, pero no es
nada contra ese ejercito enloquecido que dibuja sus gritos entre tejados
poblados de jaramagos amarillos.
Los gatos, que antes se lamían pasivos y ajenos al devenir
de los viandantes, ahora miran al cielo, relamiendo sus bigotes, oliendo
brevemente, para una vez vista la imposibilidad de cazarlos al vuelo, seguir
su ritual higiénico.
Los perros, sumisos y despreocupados olfatean las esquinas
marcando territorio, moviendo el rabo a cada perra que pasa. No están en celo.
No tienen ganas.
Llega con su baile lento, abanicando a las nubes, la
cigüeña, que posa sus largas patas en aquellos nidos. Nos engaña la vista.
Parecen pequeños, pero nos acunarían ya adultos si de plumas nos regalaran.
La paz del verano es ver la vida seguir su curso, cíclico.
Las hormigas en fila de a uno. Mirar guiñando
un ojo para evitar tanta luz que dora las almas. No llevar reloj. Estoy
deseando que llegue finales de junio para no llevar reloj y cambiar esta cérea
envoltura por mi traje de ébano. Dorada por un sol que ya sí calienta.
Caminarás siempre por la cuneta, solo
y eterno, sonriendo pícaroy eterno. Tú, inquisidor de un yo desmoralizado, te
añoro. Espero estar enterrada en alguna de las arrugas de tu piel, que no son
más que marcas de expresión, curtidas y sabias. Jamás besadas por mí. Elijo la
del ojo izquierdo, al margen, la que queda en mitad de las otras. Ésa es la mía,
y lleva mi nombre, aunque tú no lo sepas, todavía, ni nunca.
Releyendo días pasados, acabarás
distorsionado en el tiempo. Fuera de mi alcance, como siempre. Porque
la música y el cine elevan tanto nuestras expectativas que nos devuelven a la
vida de un guantazo, frío.
Y la arruga de tu sien será mi
sitio. Una parte de mí, perdida y estéril se acuna en ella. Muda e inventada. Sabe a dulce melancolía.
Caminarás siempre bajo las
farolas que se apagan en las noches en las que estoy sola. Y nadie te ve,
porque en realidad no estás. No sé dónde estás. Ni quiero saberlo.
Pero sigo tu rastro como un vulgar detective,
inútilmente. Aunque así por lo menos de vez en cuando sé que sonríes.
Estás condenado a vagar por la
cuneta, lo siento, al margen de la carretera, pero a la vista. Eterno y
congelado en tus "muy-muchos" años.
Circunloquios
que se dan para no llegar al punto sangrante. Que como autómatas damos
sumiéndonos en lo triste de ignorar los hechos.
Miraremos
hacia otro lado; pero ahí veo la cuneta de nuevo, y tú vas caminando por ella.
Llevas cogido el punto sangrante en una cesta de mimbre, y riegas con ella tu
andanza, sembrando de gotas, amapolas rojas de pena y desesperanza. Su centro
ennegrecido por la culpa, y la sordidez de lo que piensas. Bebidas con ginebra
y un poco de lima.
Caminarás bajo
las farolas que se apagan en las noches en que estoy sola, pero nadie te ve
porque en realidad no estás. Sigues en la cuneta, cumpliendo tu eterna condena,
sembrando culpa y pena.
No sabría decir si sólo soy eso, o hay algo más, pero para
ser honestos, no tengo idea de cómo definirme. Y me planteo seriamente si tengo
la necesidad.
Supongo que son las crisis
existenciales que nos persiguen continuamente, pero como no tengo intención de
cortarme el pelo de forma radical (porque ya lo hice) he decidido plasmar
cualquier cosa que se me ocurra en un blog.
Por lo que a día de hoy soy universitaria y blogger,
supongo.
Hace unos días, reordenando apuntes y libros encontré un
cuaderno muy valioso: mi primer y único diario. Es algo común que la gente los escriba, aunque yo
siempre he encontrado extraño plasmar por escrito algo que de entrada, uno ya
sabe, sus propios pensamientos y vivencias. No recuerdo exactamente el día en
que lo empecé, pero el resultado es que tengo recogido el año de mis 16 en
un cuaderno de cuadritos con la tapa roja. Nunca lo había leído hasta que lo
encontré escondido entre los apuntes de primero de carrera.
Fue una sensación agridulce
mirar tan atrás en el tiempo y verme en mi cama, en mi dormitorio, escribiendo
tumbada boca abajo con las piernas flexionadas cruzando los pies en el aire. Fue
como cuando miro fotos mías y lo único que encuentro es la imagen que se veía a través de mis ojos en aquel momento, a quien tomó la instantánea, que ya no está.
Es muy curiosa la relatividad del tiempo. Los seis años que
han pasado desde entonces parecen ser minúsculos y al mismo tiempo, una
eternidad. Hubo un cambio en todos y cada uno de los aspectos de mi vida, fue el primer punto de inflexión y a
parte del cuaderno, el otro testigo de toda esta función es mi cazadora de cuero
azul.
Es una chaqueta como otra cualquiera, con cremallera y cuatro bolsillos. Sin embargo, dada esa obsesión por buscarle a cada cosa un por qué, es especial.
Esa prenda está gastada, despintada, y seguramente, algo
pasada de moda, pero resultaría incómoda para cualquier otra persona que se la
pusiera. Tiene mi forma. Me envuelve. Se ha hecho conmigo mientras he crecido. Y aquí
estamos las dos esperando a que pase el invierno, para plantarle cara al
siguiente.
Mientras el mundo da vueltas, yo busco elementos constantes que no hayan girado con él.
La chica del cuaderno de ayer, sin saber cómo, hoy está en Manhattan, con su cazadora de cuero azul.